viernes, 16 de septiembre de 2016

PALIZAS QUE MARCAN

Hace bastantes años, pero sigue estando en mi retina como si fuese ayer.

No lo viví  en mis carnes, pero estaba allí y no hice nada, nadie hizo nada por evitarlo, solo mirábamos aterrados, como espectadores mudos, como niños temblorosos que es lo que eramos. Hoy, casi cuarenta años después, todavía duele, no puedo evitar que broten las lágrimas al recordarlo.

En ese colegio, uno de los más grandes y “mejores” de Valencia, Público, bueno Nacional, como se decía entonces y mixto, aunque todavía hacían Educación Física por separado, los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Aquí, en el centro de Valencia, era difícil conseguir plaza, por eso la mayoría de maestros que había eran viejos y franquistas, de la vieja escuela.

Íbamos a tercero de E.G.B (Educación General Básica), tercero D, en aquella época, los “listos” iban al “A” y los torpes al “D”. No quiero describir al maestro, para no hacerme mala sangre y porque no está bien hablar mal de los muertos.

Estábamos  haciendo un examen, cuarenta niños de ocho años en clase, cuando de repente, se levanta Don Francisco, regla en mano, una vara maciza de madera y empieza a descargar su frustración sobre dos indefensos niños, de los que no diré sus nombres para salvaguardar su privacidad. No les pegaba suavemente, ni en la mano, les pegaba con rabia, en todo el cuerpo, con saña, descargando toda su ira. Los niños a los que había levantado de sus sillas y tirado al suelo a base de palos, estaban ahí, tirados, acurrucados, llorando y chillando. No apareció nadie, nadie paró aquello, a los que estabamos allí, nos pareció una eternidad, duró hasta que el señor se desfogó y se cansó. El pánico se reflejaba en los ojos de todos los niños, pero sobretodo en las víctimas de la agresión.

Por cierto, no he dicho el motivo de tan gran paliza, según dijo “el maestro” se estaban copiando.

Aquel episodio, lejos de someternos, como supongo que sería su objetivo, creó una generación de jóvenes rebeldes, que a día de hoy, aunque ya no tan jóvenes, lo seguimos siendo.

Cuando ves una injusticia y no haces nada por evitarlo, eres tan culpable como el que la está cometiendo.

En la actualidad, cuentas esto y parece algo que pasó hace muchísimos años, a tus abuelos, en algún lugar de la España más profunda que puedan imaginar. Menos mal, que los tiempos cambian y la gran mayoría del colectivo docente de hoy, aunque con pocos recursos, mucho esfuerzo y hasta donde les permite la ley, una de tantas, educan con nuevas metodologías y más corazón que antaño.








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