sábado, 18 de febrero de 2017

AMOR DE MAR

El Blue Paradise, el enorme galeón pirata se veía insignificante frente a la inmensidad del océano. Willy, su joven y apuesto capitán, había ordenado variar el rumbo con la intención de evitar la tormenta, el intento fue en vano. El Blue Paradise se vio inmerso en la furia de las olas de más de diez metros de altura, envolviendo el navío en un vaivén que lo llevaba a la deriva, como una pluma a la que el viento arrastra a su antojo, haciéndolo zozobrar. Sus tripulantes, treinta hombres a los que apenas les quedaban fuerzas, exhaustos de luchar durante largas horas con la bravura de las aguas marinas, fueron quedando asidos a las maderas, restos del naufragio, a su suerte, donde fueron pereciendo sin poder vencer al gigante de las aguas.

Después de la tormenta siempre llega la calma y al finalizar una de esas mil lluvias de abril, los rayos de sol se dejaron ver entre las nubes y un leve arco iris podía divisarse a lo lejos.

El fondo marino guarda sorpresas que nadie puede imaginar, extraños seres que habitan en él. Sheyla, Myriam y Beatrice, eran tres bellas sireposas, sirenas con colas de brillantes colores, cuerpos de mujer y unas espectaculares alas.

Viendo que el sol brillaba de nuevo, las tres sireposas quisieron subir a la superficie para alejarse unos momentos de su rutina diaria y contemplar desde lo alto las maravillas de la Madre Tierra.

Estaban revoloteando por la orilla de la playa, entre juegos y risas, cuando de pronto vieron el cuerpo del joven Willy a merced de las olas. Las sireposas, haciendo un enorme esfuerzo lo sacaron a tierra firme e intentaron reanimarlo sin éxito, cuando ya lo daban por muerto, Sheyla, la sireposa de cabellos dorados, prendada por el chico, le besó suavemente en los labios y como si de un conjuro se tratase, el tiempo se detuvo unos instantes, Willy suspiró profundamente y volvió a la vida.

Al principio, quedó deslumbrado por el brillo de las sireposas, estaba tan sorprendido que no sabía si estaba vivo o muerto, si estaba despierto o solo se trataba de un sueño, en todos sus años a bordo del Blue Paradise, nunca había visto unos seres tan espectaculares, había oído hablar de las sirenas y creía que era un mito, pero ahora tenía ante sus ojos a esas singulares criaturas, sirenas con alas que le habían salvado la vida. Observó detenidamente a las tres sireposas y cuando su mirada se cruzó con la de Sheyla, inevitablemente, surgió el amor.

Cuando Willy quiso hablar con ellas y agradecerles lo que habían hecho por él, las sireposas se asustaron, tenían terminantemente prohibido hablar con esos extraños seres con dos piernas, incapaces de volar.

Myriam, la sireposa del cabello rojizo, que brillaba cual rubí, comenzó a cantar, dando así la señal de que debían volver a casa, a la profundidad de las aguas, Beatrice la siguió, pero Sheyla se detuvo unos minutos conversando con Willy.

A Beatrice, la pequeña y preferida del padre le faltó tiempo para contarle que Sheyla había besado a un desconocido con piernas en la playa, el padre enfurecido le prohibió a Sheyla volver a la superficie.

Pasaban los días y Sheyla no podía quitarse a Willy de la cabeza, su corazón latía únicamente por él. Sheyla, a escondidas subió en repetidas ocasiones a la superficie en busca del capitán, pero ni rastro del muchacho, nada que pudiera indicarle donde encontrarlo.

Myriam  trataba de animar a Sheyla con sus canciones preferidas, pero no había nada que hacer, Sheyla permanecía ausente, en otro mundo, el de los humanos, apática y loca de amor.

A Sheyla se le ocurrió escribir una carta, meterla en una botella y lanzarla al mar, con la esperanza de que en algún momento le llegara a Willy.


Querido Capitán:

Jamás pensé que algo tan breve pudiera extrañarse tanto, llevo meses buscándote, día y noche, a todas horas y te encuentro en todas partes, pero no como me gustaría, como aquel día que nos encontramos en la playa, cuando quería comerme el mundo contigo y se me atragantó al primer mordisco.

Se perdió la magia y he olvidado todos los trucos, solo tú puedes ayudarme a recordarlos, tú eres el único capaz de devolverle las alas a esta sireposa y hacer que mi cola vuelva a brillar.

Los últimos tiempos han sido difíciles, estuve al límite, camine por esa… ¿Qué digo, camine? Si yo no tengo piernas, ojalá pudiera caminar. Me deslicé por esa delgada línea que separa la cordura del delirio, la razón del corazón y el tedio de la pasión.

El silencio se adueñó de nosotros, me rompió en mil pedazos que cada día intento recomponer a pesar de tu ausencia, pero siempre me falta una pieza, te la llevaste tú y sigo esperándola de vuelta.

Tendemos a buscar lo que nos falta y tú fuiste esa chispa que le faltaba a mi vida.

El amor no se elige, es él quien dispara y no nos deja escapatoria. Eso es amor, un cruce de miradas, una canción, una poesía, un beso, mirar una estrella y saber que tú también la miras.

Más allá del tiempo y el espacio, siempre serás mi As de Corazones.

Sheyla, tu amor de mar.


Unos niños que jugaban en la playa encontraron la botella con el mensaje dentro, habían oído la historia del capitán al que unas sireposas habían salvado la vida, buscaron a Willy que permanecía en la isla y le entregaron el mensaje.

Desde luego, Sheyla no podía arrancarse las alas y cambiar su cola por unas piernas, ella era así, formaba parte de su naturaleza, pero Willy sí que podía hacer lo que hizo, ni corto ni perezoso, se calzó unas aletas, se puso el traje de buceo y se sumergió en las frías aguas del océano en busca de Sheyla, su amor de mar.


Porque el amor si es de verdad, siempre perdura aunque sea a ratos.



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