domingo, 12 de marzo de 2017

LECTURAS II

“Dios vuelve en una Harley” es un libro que leí hace muchísimo tiempo, me lo prestó mi gran amiga Isabel Dolçá, me da hasta apuro llamarla amiga porque la considero mucho más que eso, amiga, hermana, segunda madre, una abuela para mi hijo, siempre ha estado ahí cuando la he necesitado, cansada de llamar a muchas puertas en busca de ayuda sin obtener resultados, la puerta de Isabel siempre ha estado abierta para mí y mi familia. Como dice el dicho, “quien a mi hijo moca a mi me besa en la boca”, gracias, Isa.

“Dios vuelve en una Harley” es un libro que me gustó tanto que después de leerlo me lo compré y lo volví a leer, así como la segunda parte “Dios en una Harley: El regreso”, después los libros han dado muchas vueltas, de mano en mano y de casa en casa, no quería perderlos, porque les tengo mucho cariño, pero llegó un momento que desconocía el paradero de los libros y llegué a darlos por perdidos. Hasta que un día, por pura serendipia, cenando en casa de unos amigos y gracias a mi  mala costumbre de mirar los libros allá donde voy, los encontré.

Por cierto, no me gustan las casas sin libros, es como un jardín sin flores.

“Dios vuelve en una Harley” es un libro muy ameno y de lectura rápida que ha sido traducido a numerosos idiomas.

Joan Brady, su autora, ha escrito también “Las nueve revelaciones”, del que hablaré en otra ocasión.

Christine es una enfermera que está perdidamente enamorada de Michael, un médico residente. Ambos sienten admiración y un profundo amor el uno por el otro, pero Michael temeroso a los compromisos, la deja. Christine queda abatida, sobre todo cuando en un reencuentro con Michael, se entera que este se ha casado.

Christine ha perdido las esperanzas de encontrar un hombre con el que compartir su vida y comete muchos errores, que a la larga le pesan y duelen, hasta que un día medio borracha, sale a la playa y a la luz de la luna, aparece un joven en una Harley, Joe, para sacarla de las sombras en las que vive y enseñarle las reglas más básicas de la vida, acordes a nuestro tiempo, hacerle ver que es una muchachita asustada, que quiere demostrar a todo el mundo lo dura que es y en definitiva, lo que tiene es miedo a que alguien descubra lo vulnerable que puede llegar a ser. 

Joe le enseña que el camino de la felicidad está en uno mismo y que solo a través del amor se puede salir del laberinto de los deseos frustrados, convirtiéndola en una mujer distinta y libre.

Joe conocía todos los detalles de la vida de Christine, le hace ver que es Dios, que la quiere y debe confiar en él. Y le da unos mandamientos personales para ser feliz.

     1. No levantes muros, aprende a traspasarlos.

   2. Vive cada momento de tu vida, pues todos son preciosos y no debes malgastarlos.

    3. Cuida de ti misma ante todo y sobre todo. Pues tú eres yo y yo soy tú, y cuando cuidas de ti cuidas de mí. Juntos nos cuidamos el uno al otro.

    4. Renuncia al ego. Muéstrate tal y como eres, dando tu amor pero sin renunciar a ti mismo.

      5. Todo es posible en todo momento.

     6. Sigue el fluir universal, cuando alguien da, recibir es un acto de generosidad. Pues en esa entrega siempre se gana algo.

Como curiosidad diré que Christine tiene la misma extravagante costumbre que yo, leer el párrafo final del libro antes de empezar a leerlo, es lo que me motiva a leerlo o no.

Seguro que disfrutáis mucho leyendo este libro, deja una agradable sensación de paz y tranquilidad, además descubriréis el octavo mandamiento y donde lo encontró.




“Todo lo que sucede, por insignificante que sea, forma parte del fluir universal”.


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