sábado, 22 de abril de 2017

EL PRINCIPITO DEL SIGLO XXI

El principito nació en los primeros años del siglo XXI, una mañana fría de invierno en la que hacía mucho viento, cuando despuntaban los primeros rayos de sol. El principito lloraba mucho, de día y de noche, no debió gustarle lo que vio al llegar a este mundo.

El Principito era un niño muy especial, claro, como todos los niños. Inició su andadura escolar muy, muy pronto. Le gustaba mucho trabajar y aprender, era un niño inquieto, curioso y muy inteligente. Le apasionaba jugar, correr, saltar, pero pronto aprendió que debía pasar horas y horas sentado, en silencio, escuchando cosas que no le servían para nada o que le sonaban a chino, que tenía que copiar de la pizarra todo lo que le dijeran, el principito se aburría muchísimo y cada vez estaba más triste.

Entonces, encontró una forma de evadirse de ese aburrimiento. Al pequeño príncipe le encantaban las ventanas, era su medio de transporte para escapar a un mundo fantástico, recordaba películas y libros que había leído.

Miraba por la ventana y buscaba a los Gryffindor, esos eran su referente, los conocía desde bien pequeño y sabía que eran valientes, osados, nobles, caballerosos y decididos, eran los que ponían un toque mágico a la escuela.









Otras veces, tenía la suerte de encontrarse a los Pokémon, esos extraños seres escondidos por todas partes. Porque el sueño del principito era convertirse en un maestro Pokémon.





A veces, veía pasar al señor Federico, con su muleta y se imaginaba que Federico era Son Goku, en busca de las siete bolas mágicas, como en esos comics que el principito leía, después dibujaba y cantaba sus canciones.











También se acordaba de “Bernat, un científic enamorat” y de esa pócima mágica que había creado, la “PAU” pero no era la prueba de acceso a la Universidad, era la Pócima de Amor Universal.





Cuando el principito miraba a sus maestros, se aburría tanto que para pasar el rato, se los imaginaba como en ese libro que había leído “Las Aventuras del  Capitán Calzoncillos”, un director en calzoncillos corriendo mil aventuras por la ciudad.





También le gustaba viajar al mundo de Minecraft con su caballo Sebastián para buscar la espada de diamante.







Pero el principito se ponía muy triste cuando se acordaba de “Konrad, o el niño que salió de una lata de conservas”, porque Konrad era un niño hecho en una fábrica,  que venía con manual de instrucciones y el principito sabía que los niños de verdad no eran así.





La imaginación del principito y su falta de atención, pronto tuvo consecuencias, se reunieron todos sus maestros y maestras, en una especie de tribunal que juzga a los niños, evaluación creo que le llaman y por unanimidad decidieron que el principito era un vago, que estaba en su mundo y que podría hacer mucho más de lo que hacía pero que no se esforzaba.

Los maestros avisaron a los padres del principito y les comunicaron su veredicto, haciéndoles saber que ellos que eran maestros sastres, le iban a hacer al principito un traje a medida para que  pudiera seguir mejor las clases.

Los padres confiaron, pero pasaba el tiempo y el principito no mejoraba, por más que miraban a su hijo no veían ese traje a medida que aseguraban haberle hecho, todos los días cuando recogían a su hijo del colegio, lo veían así:





Ese traje, como en el cuento de “El traje nuevo del emperador” había resultado ser un fraude.

Entonces, cuando el principito y sus papás pensaban que no podían hacer nada, aparecieron unos maestros y maestras muy extraños, dijeron ser sastres y modistas de alta costura, estos enseguida calaron al principito, hablaban muchos idiomas y entendían hasta el lenguaje de las miradas, de las emociones, incluso entendían los silencios. Además, utilizaban un método muy raro, se llamaba ABP o algo así. Estos maestros llegaban de buena mañana con un montón de sonrisas y muchos invitados, traían la varita mágica de Harry Potter,  todos los Pokémon que habían encontrado por el camino, incluso invitaban al señor Federico y sus vecinos a participar, porque como decía el principito: “Los abuelos saben cosas que ni siquiera los padres saben”. Investigaban, descubrían e inventaban proyectos todos juntos, leían, contaban historias, iban al gimnasio Pokémon y todos los niños aprendían mucho. El principito ya no tuvo que volver a escaparse por la ventana, porque ya no habían ventanas, ni paredes, salían a aprender de la naturaleza.

Los padres del principito también tuvieron que aprender a trabajar por proyectos, pues aunque habían leído mucha teoría, llevarlo a la práctica es mucho más difícil.




"Solo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos". El Principito.

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